Por María Esteve, socia y directora para la Región Andina LLYC
En estos tiempos tan convulsos el llamado a tener posiciones sobre los asuntos que más importan a la gente parece ser un mandato tácito e imperativo en el que se castiga a quien no lo hace y se condena, a veces, a quien los profesa a viva voz.
Los activismos vacíos y llenos de performance, pero sin modificadores ni conexión con un propósito, han hecho mucho daño a la credibilidad del compromiso de movimientos, compañías e instituciones que impulsan realmente el progreso y avance de las sociedades.
Además, la extrema y adictiva polarización que activismos de coyuntura han generado en el debate público, han elevado conversaciones casi virales e irracionales que paralizan, distraen y detienen las verdaderas transformaciones que necesitamos.
En esa línea, en los últimos años se ha profundizado mucho sobre el verdadero rol del activismo corporativo y el camino de las empresas y sus líderes para conectar con las demandas sociales, contrastando con el amplio debate sobre greenwashing y purpose-washing que a veces parece multiplicarse entre estrategias de mercadeo y comunicaciones.
Sin embargo, pareciera que la capacidad de modular las narrativas, producir contenidos y viralizarlos pertenece ahora a los ciudadanos de a pie. Este es el mayor cambio del activismo de nuestros días, ya no pertenece únicamente a movimientos globales organizados o a grandes corporaciones, sino que pertenece a todos.
Ahora bien, las preguntas que necesariamente caen en la mesa son ¿si todo el mundo es activista entonces nadie lo es? ¿En dónde queda el rol de las empresas y sus líderes en este escenario “democratizado” del activismo?
Lo fundamental está en el fondo y en el foco. El activismo tiene que superar la necesidad de lo viral y lo sensacionalista, de pasar de la polémica a la acción y a la transformación, de hacer de las causas individuales, causas colectivas, y allí las organizaciones tienen una responsabilidad preponderante al frente.
Desde el fondo, las compañías tienen la responsabilidad y la necesidad de ser actores sociales relevantes y conectados si quieren ser capaces de garantizar su sostenibilidad en el largo plazo. Desde el foco, en la identificación de causas concretas, reales y diferenciales en las que su apuesta pueda hacer la diferencia para sí misma, pero sobre todo para su entorno, lejos de cualquier arrogancia y cerca de lo que realmente genera cambios.
El activismo corporativo puede ser riesgoso, si se hace de manera beligerante y cosmética, pero evitar adoptar una postura o permanecer neutral es igualmente arriesgado. El llamado que tenemos hoy como organizaciones y como líderes es a movilizar un activismo consciente, menos ególatra y polarizador, más accionable y sobre todo que aporte al bienestar general.
Se trata de asumir el papel de agentes sociales que hoy, más que nunca, estamos llamados a tener. (I)
