No hace falta que sea marzo para que la desigualdad de género exista. Las cifras no cambian con el mes ni se activan con el calendario: están ahí, silenciosas y constantes, aunque el debate público las recuerde solo de forma intermitente.

En un año en que los debates globales sobre equidad de género, diversidad corporativa y justicia social ocupan con creciente fuerza la agenda pública, Ecuador enfrenta una paradoja que las cifras vuelven difícil de ignorar, ya que las mujeres son el 51,3 % de la población, constituyen más del 60 % de los graduados universitarios y representan una fuerza laboral en expansión; sin embargo, menos del 0,2 % ocupa cargos de dirección o gerencia en empresas medianas y grandes, y apenas el 4,9 % es propietaria de un negocio, según datos del INEC.

La brecha no se explica por falta de preparación ni de talento. Se explica por estructuras que persisten, por barreras que operan en silencio y por una cultura organizacional que, pese a los discursos de inclusión, no ha cambiado lo suficiente.

Este escenario no es exclusivo del país. A nivel global, el Foro Económico Mundial advierte en su Informe de la Brecha de Género 2024 que la paridad en el liderazgo apenas ha alcanzado el 31,7 %, y que de mantenerse el ritmo actual de avance, serían necesarios 134 años para lograr una igualdad real entre géneros en los espacios de decisión.

En América Latina, la Organización Internacional del Trabajo reporta que las mujeres perciben cerca de 78 centavos por cada dólar ganado por los hombres, y que dedican entre tres y cinco veces más horas semanales al trabajo no remunerado de cuidado. En el plano nacional, la Encuesta Nacional de Empleo, Desempleo y Subempleo indica que solo el 27,6 % de las mujeres accede a empleos adecuados, frente al 42,3 % de los hombres, y que su tasa de desempleo casi duplica la masculina. Los datos, en conjunto, revelan que la desigualdad de género en el ámbito laboral no es un rezago del pasado, es una realidad vigente que el presente no ha resuelto.

Lo que hace especialmente complejo este problema es su dimensión invisible. Más allá de las cifras, existe un conjunto de barreras psicológicas, culturales e institucionales que condicionan las trayectorias profesionales de las mujeres sin que medien impedimentos formales. El denominado techo de cristal, el síndrome del impostor, la segregación ocupacional y la ausencia de referentes femeninos en posiciones de poder configuran un entorno en el que muchas mujeres altamente calificadas frenan su propio avance sin identificar con claridad las causas.

A esto se suman las estructuras organizacionales que, lejos de ser neutrales, reproducen patrones históricos de exclusión a través de procesos de selección sesgados, criterios de promoción poco transparentes y culturas institucionales que siguen asociando el liderazgo con lo masculino.

Las prácticas comunicacionales al interior de las empresas no son neutras; pueden reproducir jerarquías, legitimar sesgos y silenciar voces, o bien convertirse en un eje de transformación cultural. Cuando la información no circula con transparencia, cuando los criterios de ascenso son opacos o cuando las mujeres son sistemáticamente excluidas de los espacios informales de toma de decisiones, la desigualdad no requiere de normas explícitas para perpetuarse, se sostiene en el funcionamiento cotidiano de la organización. Reconocer este mecanismo es indispensable para comprender por qué los discursos institucionales sobre diversidad e inclusión no siempre se traducen en cambios reales.

Desde ese diagnóstico nace «Al Otro Lado del Cristal», una campaña de comunicación impulsada por Sofía Hidalgo, estudiante de Comunicación de la USFQ, que propone abordar la desigualdad de género en el liderazgo desde la comunicación estratégica. La iniciativa no se limita a visibilizar el problema, plantea acciones concretas orientadas a transformar las dinámicas organizacionales, fortalecer el empoderamiento profesional de las mujeres y construir comunidades de apoyo que amplíen el acceso a los espacios de decisión. En un contexto en que Ecuador avanza en materia normativa, pero enfrenta resistencias culturales profundas, esta campaña representa un aporte desde la formación universitaria a un debate que el país necesita sostener con mayor urgencia y profundidad.

La brecha de género en el liderazgo no se cerrará con declaraciones de intención ni con políticas que existen en el papel, pero no en la práctica. Requiere transformaciones estructurales, culturales y comunicacionales que cuestionen los mecanismos que la sostienen. «Al Otro Lado del Cristal» nació para contribuir a esa transformación, y la conversación que ha abierto apenas comienza. La ciudadanía y las organizaciones interesados en seguir esta iniciativa pueden acceder a sus contenidos y acciones a través de su cuenta oficial en Instagram: @alotroladodelcristal.

Sofía Hidalgo, estudiante de Comunicación de la USFQ.

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