El Inti Raymi no es solo una de esas fiestas que los indígenas de los países andinos celebran y que nos cuentan como “tradición milenaria”. Es una fiesta que se siente, que está viva, y que le da color al alma y Ecuador la vive de manera emblemática y vivaz.

Cada junio, cuando el sol se pone en plan protagonista, las comunidades indígenas de la Sierra se reúnen para celebrarla: agradecen, bailan, abrazan su historia y la naturaleza. Se reencuentran con todo lo que los hace ser quienes son. Esta fiesta también es una ventana abierta al mundo, una invitación a que el planeta mire a nuestro país como destino de vivencias ancestrales donde la cultura es magia y el Sol el fértil dador de vida y abundancia.

El Inti Raymi es un legado que no se rompe, es poder, historia y mística. Es el momento para agradecerle al Sol (sí, con mayúscula), porque sin esa energía no hay cosecha ni vida y eso los indígenas lo han reconocido a lo largo de centurias, ellos conocen de estas cosas espirituales que conectan, que transportan y que. Esa conexión con la tierra y el ahora que buscamos volver a lo natural, donde Ecuador tiene su protagonismo. Es patrimonio que une, que habla, y que no se olvida fácil. El indígena ve en la tierra su sustento y toma su sabiduría de ahí que la respeta y mantiene con ella una danza de consideración, cuidado y reciprocidad y el Sol es el que permite que esta simbiosis se lleve a cabo mientras la naturaleza orgullosa admira.

Nuestra cultura es esa que se mete bajo la piel y quien alguna vez ha estado en un Inti Raymi, lo lleva tatuado en la memoria. Las danzas que invitan, la música que retumba en el pecho, trajes coloridos que te transportan, la vibra que emana de los rituales, todo eso sacude por dentro. Es una experiencia que atrapa y enamora hasta al más escéptico, y hace que el mundo vea a Ecuador con otros ojos: una tierra con identidad, sabor y humanidad a borbotones, con tradición milenaria directa de los descendientes de la Pachamama.

El turismo que se centra en el Inti Raymi no es masivo ni superficial, sino que convoca a lo profundo del sentir. Es un turismo de corazón, que aporta ingresos a las comunidades locales, a sus artesanos, guías, cocineros, músicos, danzantes. Esta economía arraigada en lo ancestral representa una forma digna de desarrollo que honra sus raíces y empodera a las familias que mantienen viva la tradición El Diablo Uma danzará, se conectará con el Sol, la Tierra y la Luna, ahuyentará a los demonios y permitirá que la flor del maíz se muestre en todo su esplendor. Y esto … esto lo tienen que ver y sentir los mortales de toda lengua.

Un Ecuador que se conecta con el mundo y abre sus puertas para que esta celebración vaya más allá de las fronteras no solo sirve para impulsar el turismo. Es una carta de presentación: Ecuador como país diverso, auténtico y creativo, que ama y honra sus raíces. Esta fiesta es diplomacia con poncho y zampoña, una forma de abrir diálogo, de crear alianzas y de que el mundo vea lo que realmente somos y de qué estamos hechos, tradición, cultura y orgullo.

El Inti Raymi no es de museo ni de unos pocos. Es una muestra de lo mejor que tiene Ecuador para compartir: sabiduría indígena, belleza que se vive y un modo de ver la vida diferente, más conectado, profundo, natural. Si se promueve con cariño y sin perder el norte, esta fiesta puede ser la clave para crecer sin perder la esencia. Y sí, ahí, en el corazón del Inti Raymi, en el solsticio de invierno, en nuestros Andes, en junio, late fuerte nuestro Ecuador. Por K. Janela Romero C. Docente UIDE campus Loja.

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