Proceso constructivo de la Residencia Universitaria. Fotografía tomada de la Fototeca de la Biblioteca Digital de la Universidad Central del Ecuador.

Concebida como una obra innovadora para su época, la Residencia Universitaria de la UCE albergó a cientos de estudiantes y dejó una huella que permanece en la memoria de quienes la llamaron hogar.

Aunque la idea del arquitecto Gilberto Gatto Sobral contemplaba albergar inicialmente a los aproximadamente 450 delegados de la XI Conferencia Interamericana de Cancilleres, en marzo de 1960, el destino de la edificación cambió drásticamente tras la cancelación del evento internacional. Lejos de quedar en desuso, las autoridades universitarias redirigieron el espacio hacia su propósito original: transformarse en el hogar de cientos de estudiantes provenientes de las distintas provincias del país e incluso del exterior.

El Dr. Alfredo Pérez Guerrero, en ese entonces rector de la Universidad Central del Ecuador, la concebía como la verdadera “Universidad Nacional”, un punto de encuentro, donde el diseño innovador de Gatto Sobral sirviera como unificador para la autodisciplina, la fraternidad y la convivencia juvenil.

La construcción del edificio no fue un hecho accidental, sino la respuesta a lo que el propio rector, Pérez Guerrero, describió en su informe de labores de la época: una “obsesión y sueños que parecían inalcanzables” para la institución. Tras cuatro años de insistentes gestiones, y con el respaldo del profesor y arquitecto Sixto Durán Ballén, se logró un financiamiento por parte del gobierno de tres millones de sucres destinados a la edificación y su equipamiento.

La responsabilidad de la obra estuvo a cargo del arquitecto Gilberto Gatto Sobral, considerado el planificador del nuevo Quito, quien concibió la vivienda bajo técnicas modernas de la época. Según registros del diario El Comercio, de marzo de 1960 y que son citados en el libro “Residencia Universitaria”, Gatto Sobral aplicó minuciosos criterios técnicos de ubicación, insolación y una estudiada “psicología de distribución” espacial para asegurar el bienestar de los alumnos.

Sin embargo, esta demostración – vanguardista para la época – motivó la desconfianza en una ciudad, cuyo desarrollo hotelero era aún pobre. Fuera de los muros universitarios comenzó a circular el rumor de que se trataba de un “hotel de lujo” innecesario, una idea que podría decirse nació de la ignorancia ciudadana sobre el propósito original del inmueble, el cual debía acoger primero a políticos y diplomáticos| internacionales antes de ser entregado a la juventud universitaria.

Al pasar por las puertas de la gran edificación, la vivienda universitaria se transformaba en una realidad humanamente social y organizada. En el libro sobre la antigua residencia universitaria, el exresidente y médico Dr. Fernando Sempértegui recuerda que casi cuatrocientos jóvenes de todas las provincias del país y del exterior (…) compartían la incomparable vivencia de una hermandad pura, transparente (p. XIV). En el mismo texto, destaca el rol de inspectores, como Rubén Uchuari, a quien define como un “mago de la disuasión amigable”, que lograba mantener los pisos ordenados y serenos en las noches, a pesar de la indócil y bullanguera diversidad de los internos (p. XV).

Para seleccionar a los estudiantes que ocuparían la flamante Residencia Universitaria, trabajadoras sociales de la institución visitaban directamente las distintas localidades para verificar las condiciones de los aspirantes. Para los seleccionados, el edificio – que en ese entonces destacaba en la ciudad por levantarse estéticamente sobre soberbias columnas en V- ofrecía servicios de primera categoría para la época, incluyendo agua caliente y ropa de cama renovada semanalmente. Esta comodidad contrastaba con la nostalgia de la distancia en una era sin comunicación instantánea.

La rigurosa logística interna del edificio estaba diseñada para sostener la convivencia de un gran número de usuarios simultáneos: 420 residentes fijos y un promedio de 80 comensales ocasionales. El servicio operaba de manera técnica bajo la modalidad de self-service, iniciando con el desayuno de 6:00 a 9:00. La administración estuvo a cargo de Nicanor Uchuari, cariñosamente conocido como “Don Nico”; su hijo, Rubén Uchuari, se convertiría años más tarde en inspector del recinto y compilador de la memoria histórica de la residencia.

La publicación sobre la Residencia Universitaria recoge muchos relatos, entre ellos el de Jorge Rodríguez, un estudiante de provincia que realizaba sus estudios en Ciencias Jurídicas. Recuerda cómo, en una ocasión, el personal de cocina, bajo la tutela del chef, prepararon un pastel de cumpleaños para el director, el cual terminó siendo “robado” y repartido por los estudiantes en las habitaciones para cantar el feliz cumpleaños en su ausencia.

Toda esta dinámica social y gastronómica cobraba vida en un bloque exclusivo de dos plantas. En el subsuelo y la planta baja se ofrecían servicios de cafetería y áreas de entretenimiento, equipadas con mesas de billar, ping-pong y juegos de naipes. En la planta alta se emplazaba el comedor principal, un espacio que funcionaba como un magnífico mirador, dotado de grandes ventanales orientados hacia el paisaje, los bosques y el horizonte de blancos nevados bajo el intenso cielo de Quito.

La hora del almuerzo congregaba a los internos en una suerte de gran asamblea de camaradería. Aunque las mesas estaban pensadas originalmente para cuatro personas, el ímpetu juvenil las unía para sentar juntos a militantes socialistas, comunistas, liberales y democratacristianos. En aquel espacio, los más arduos rivales ideológicos compartían el pan y, entre broma y broma, disolvían las tensiones políticas en un ambiente de enorme afecto mutuo que reflejaba lo que él denomina como “la edad de la inocencia”.

El tenso panorama político que atravesaba el país entre 1968 y 1970, marcado por el enfrentamiento entre el presidente José María Velasco Ibarra y el rector de la UCE, Dr. Manuel Agustín Aguirre, terminó por cercar el destino de la edificación. El recinto se convirtió en el epicentro donde diversos líderes planificaban las movilizaciones estudiantiles en una época que califica de “sangre y luto” (p. XVII).

El nivel de persecución hacia el inmueble escaló a niveles públicos e institucionales. Durante un partido de fútbol entre Liga Deportiva Universitaria y El Nacional, en el Estadio Olímpico Atahualpa, un helicóptero militar descendió sobre los graderíos para lanzar hojas volantes que señalaban formalmente a la residencia universitaria como un “recinto de la subversión”, un hecho que se convirtió en un anuncio ominoso de lo que vendría (p. XVII).

El quiebre definitivo se ejecutó de forma violenta a mediados de ese año. En 1970, precisamente el 21 de junio, fecha en la que el equipo de fútbol de Brasil obtuvo su tricampeonato, dirigidos por el fabuloso Pelé, los alumnos expulsados de la residencia por fuerzas militares que cumplían la orden del presidente Velasco Ibarra, quien ese mismo día se había declarado dictador.

Hoy, la imponente estructura de la antigua residencia universitaria yace desprovista de su mística original. Pasillos por los que pasaron grandes figuras nacionales, como Polo Carrera, exjugador de Liga Deportiva Universitaria, entre otros, una edificación cargada de historia que hoy resguarda el tremor de los pasos de una generación idealista. Actualmente, debido a las diferentes visiones de las autoridades de turno, el emblemático espacio ha sido transformado en un Hospital del Día. Ese es el nuevo uso de esta icónica edificación, que parcialmente está dedicado al cuidado de la salud de quienes conforman la comunidad universitaria y la ciudadanía en general.
Sin embargo, el deterioro físico de sus instalaciones evidencia las vivencias de un gigante arquitectónico que alguna vez fue el corazón del futuro estudiantil del país.

Fuente: RESIDENCIA UNIVERSITARIA HISTORIAS DE VIDA EN LA RESIDENCIA DE LA UNIVERSIDAD CENTRAL DEL ECUADOR (1960-1972)- Rubén Uchuari Arévalo (compilador)

David Salazar
Facultad de Comunicación Social
Universidad Central del Ecuador

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