Llegar a casa después de una larga jornada de trabajo, tras pasar varias horas en el tráfico y sin tener nada planificado para la cena suele terminar en una decisión conocida: pedir comida a domicilio o elegir algo rápido de preparar. Aunque podría parecer una cuestión de disciplina personal, detrás de estas elecciones existe un factor que muchas veces pasa desapercibido, el tiempo disponible para decidir qué comer y preparar los alimentos.

En Ecuador, seis de cada diez adultos presentan sobrepeso u obesidad y cerca del 95 % no alcanza las cinco porciones diarias de frutas y verduras recomendadas por la Organización Mundial de la Salud (OMS), según la Encuesta STEPS Ecuador 2018. Durante años, parte de la respuesta frente a esta problemática se ha concentrado en informar sobre qué alimentos son saludables, pero conocer qué se debería comer no significa necesariamente poder incorporarlo a la rutina diaria.

Para Karina Pazmiño, directora de la Escuela de Nutrición de la Universidad Internacional del Ecuador (UIDE), la alimentación también está condicionada por la organización del tiempo, las jornadas laborales, los desplazamientos y las responsabilidades dentro del hogar. Cuando las horas disponibles disminuyen, planificar y preparar una comida puede competir con otras obligaciones, haciendo que las alternativas rápidas y los productos procesados o ultraprocesados ganen espacio.

La relación entre tiempo y alimentación ha sido observada en diferentes países. Un estudio publicado en BMJ Open en 2022, que siguió durante una década a 14.807 trabajadores en Australia, encontró que mientras aumentaban las horas de trabajo y traslado también crecía la frecuencia con la que se compraba comida preparada fuera de casa y disminuía el consumo de frutas y verduras. El efecto del traslado resulta especialmente significativo. Cada hora semanal adicional destinada al transporte se relacionó con un aumento del 2 % en la compra de comida fuera del hogar, frente al 0,8 % asociado a cada hora adicional de trabajo.

Esta realidad resulta cercana para quienes deben atravesar ciudades como Quito dos veces al día para movilizarse entre su hogar y el trabajo. Cuando una parte importante de la jornada se consume entre desplazamientos y obligaciones laborales, cocinar deja de depender únicamente de saber qué alimentos son convenientes y pasa a depender también del tiempo que queda disponible.

Incluso pequeñas diferencias pueden influir. Una investigación publicada en 2026 en Current Developments in Nutrition encontró que los hogares intentan preservar el tiempo destinado a cocinar pese al aumento de sus responsabilidades. Sin embargo, entre familias con cargas diferentes, la brecha puede alcanzar entre 7 y 15 minutos diarios, una diferencia relevante cuando una preparación sencilla y saludable puede requerir entre 15 y 30 minutos. Ese margen puede influir en la posibilidad de preparar alimentos frescos o recurrir a opciones listas para consumir.

La distribución de esas responsabilidades tampoco es igual dentro de los hogares. Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC) correspondientes a 2023, las mujeres ecuatorianas dedicaron 28,7 horas semanales al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, mientras los hombres destinaron 11,4 horas. Al incorporar el trabajo remunerado, la carga semanal ascendió a 62,7 horas para las mujeres y 51,4 para los hombres.

Recomendar cocinar más en casa puede ignorar quién dispone realmente del tiempo para hacerlo. La preparación de los alimentos continúa recayendo en gran medida sobre las mujeres, por lo que promover una alimentación saludable también implica distribuir las responsabilidades del hogar y entender la cocina como un espacio compartido entre sus integrantes
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La planificación puede ayudar a reducir parte de esta presión. Un estudio realizado en Francia con más de 40.000 adultos encontró que quienes planificaban sus comidas con algunos días de anticipación presentaban una alimentación más variada, mayor adherencia a las recomendaciones nutricionales y cerca de un 20 % menos de probabilidad de obesidad. Aunque la investigación no establece una relación directa de causa y efecto, muestra cómo una práctica sencilla puede relacionarse con mejores decisiones alimentarias.

Planificar tampoco significa contar calorías o adoptar modelos alimentarios de otros países. La alimentación ecuatoriana dispone de granos enteros, leguminosas, tubérculos, frutas y vegetales, además de preparaciones tradicionales como menestras, locros y sopas que pueden formar parte de una alimentación variada. Pensar previamente qué se comerá durante la semana y organizar las compras puede facilitar el uso de estos alimentos antes de que el cansancio y la falta de tiempo terminen condicionando la elección.

Para Pazmiño, dedicar un momento de la semana a organizar el menú y compartir la preparación de los alimentos entre los miembros del hogar puede marcar una diferencia. Sin embargo, la respuesta no puede recaer únicamente en las familias. Horarios laborales flexibles, alternativas de teletrabajo que reduzcan los desplazamientos, comedores con opciones saludables y políticas que alivien las cargas de cuidado también pueden contribuir a generar mejores condiciones para alimentarse.

Promover una alimentación saludable resulta insuficiente cuando las personas no siempre cuentan con el tiempo necesario para llevarla a la práctica. La discusión no debería limitarse a qué se coloca en el plato, sino considerar quién prepara los alimentos, cuánto tiempo tiene para hacerlo y qué alternativas encuentra cuando ese tiempo se agota. En una rutina marcada por el trabajo, el tráfico y las responsabilidades del hogar, comer mejor también depende del tiempo disponible para decidir qué comemos.

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