● Comenzar la jornada escolar a primera hora puede parecer un llamado a la productividad, pero los factores biológicos de niños y adolescentes ponen sobre la mesa cómo impacta el sueño en el aprendizaje real de los estudiantes.
● Belén Catalán Gregori, coordinadora del Máster Universitario en Psicopedagogía de la Universidad Internacional de Valencia – VIU, perteneciente a la red de educación superior Planeta Formación y Universidades, explica la importancia que tienen los horarios adecuados en el desarrollo académico de niños y adolescentes.
Levantarse muy temprano para ir a la escuela es un hábito arraigado en gran parte del país y de América Latina, pero recientemente ha podido discutirse, tanto en entornos científicos como pedagógicos, sobre si es pertinente madrugar tanto.
Aunque culturalmente replicado durante años, la evidencia científica viene cuestionando desde hace años si este hábito favorece el aprendizaje o, por el contrario, lo limita. Así lo explica Belén Catalán Gregori, coordinadora del Máster Universitario en Psicopedagogía de la Universidad Internacional de Valencia – VIU, perteneciente a la red de educación superior Planeta Formación y Universidades.
«La evidencia científica muestra que los horarios escolares muy tempranos tienden a generar restricción de sueño», explica. «Sucede especialmente en estudiantes con cronotipo vespertino, lo que afecta negativamente a la atención, la memoria y el rendimiento académico».
El concepto de cronotipo es importante en esta discusión, porque indica la predisposición biológica de cada persona a rendir mejor en determinados momentos del día, y es clave para entender el problema. Mientras algunos niños se activan temprano, otros alcanzan su mejor nivel cognitivo varias horas después. Si los horarios escolares no consideran estas diferencias, el resultado suele ser un déficit de sueño acumulado.
Según explica la experta de VIU, un descanso inadecuado puede afectar el desarrollo integral del estudiante. Normalizar la falta de sueño desde edades muy tempranas solo lleva a consolidar hábitos poco saludables que se prolongarán hasta la adultez.
«La falta de sueño incrementa el cansancio diurno», detalla. «Aumenta la irritabilidad, la dificultad para regular las emociones, dado que el sueño ayuda a regular hormonas como el cortisol y la serotonina, así como el riesgo de problemas de salud física y mental».
En los adolescentes, la evidencia también es clara, pues se ha demostrado que quienes inician las jornadas escolares muy temprano presentan mayores niveles de somnolencia diurna, menor motivación, dificultades de atención y un mayor riesgo de problemas emocionales, especialmente aquellos con cronotipo vespertino, que quedan en desventaja frente a quienes tienen cronotipo matutino.
Si se ajustan estos horarios, las madres también pueden aliviar su carga logística y emocional asociada al cuidado y acompañamiento diario de sus hijos, que es una actividad que suma horas a la jornada laboral de estas.
Hay que tener en cuenta que no solo basta con modificar el reloj. Teniendo en cuenta los hallazgos científicos, Belén Catalán de VIU indica que los colegios deben también reorganizar las actividades académicas más exigentes hacia media mañana, cuando la mayoría de los estudiantes alcanza picos de mayor rendimiento cognitivo. Y también deben fortalecer la educación sobre hábitos de sueño para que niños y adolescentes comprendan su impacto en el bienestar y el aprendizaje.
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