Un estudio realizado por investigadores de la Universidad San Francisco de Quito (USFQ), el Instituto Nacional de Biodiversidad (INABIO) y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) ofrece la primera visión integral de las relaciones entre abejas, avispas y plantas en los ambientes urbanos del valle interandino de Quito. Más importante aún, demuestra que los jardines, parques y otros espacios verdes pueden convertirse en verdaderos refugios para estos polinizadores si incorporan una combinación adecuada de plantas nativas y ornamentales.
Para construir este mapa ecológico, los investigadores analizaron 2.113 registros de himenópteros y documentaron 556 interacciones entre insectos y plantas. Los resultados revelan una biodiversidad mucho más rica de lo esperado: al menos 50 especies de polinizadores, pertenecientes a 16 familias, utilizan los espacios urbanos de Quito para alimentarse. Entre ellas se encuentran abejorros, abejas carpinteras, abejas cortadoras de hojas, pequeñas abejas silvestres y diversas avispas que también desempeñan un papel esencial como polinizadoras.
«Muchas personas piensan que las ciudades son lugares pobres para la biodiversidad. Nuestros resultados muestran que Quito todavía alberga una comunidad sorprendentemente diversa de polinizadores y que cada jardín puede convertirse en parte de la solución para conservarla», señala Diego F. Cisneros-Heredia, integrante del equipo de investigación, director del Instituto de Biodiversidad Tropical (IBIOTROP) de la Universidad San Francisco de Quito e investigador asociado del Instituto Nacional de Biodiversidad (INABIO).
Uno de los hallazgos más relevantes fue identificar las plantas que mejor sostienen esta diversidad. La chilca (Baccharis latifolia), el iso (Dalea coerulea) y la ñachag (Bidens andicola), tres especies nativas de los Andes ecuatorianos, sobresalieron como recursos fundamentales para numerosas especies de abejas y otros insectos. Por ello, los investigadores recomiendan incorporarlas con mayor frecuencia en jardines particulares, parques, instituciones educativas y proyectos de restauración urbana.
El estudio también deja un mensaje importante para quienes disfrutan de la jardinería. La conservación de los polinizadores urbanos no depende exclusivamente de sembrar plantas nativas. Varias especies ornamentales también aportan alimento durante distintas épocas del año. La clave está en mantener jardines diversos, donde las plantas nativas tengan un papel cada vez más relevante y complementen a las ornamentales para ofrecer recursos florales de manera continua.
Los investigadores también documentaron que la abeja europea (Apis mellifera), una especie introducida hace varios siglos, representa actualmente más de la mitad de los registros obtenidos en Quito. Su extraordinaria abundancia evidencia cómo la urbanización ha transformado las comunidades de polinizadores. Sin embargo, el estudio concluye que las abejas nativas siguen desempeñando un papel irremplazable y que fortalecer sus poblaciones requiere incrementar la presencia de plantas nativas dentro de la infraestructura verde de la ciudad.
Uno de los aspectos más llamativos del trabajo es que este descubrimiento no habría sido posible únicamente gracias al trabajo de los investigadores. Más de 900 personas aportaron fotografías y observaciones de insectos visitando flores a través de la plataforma iNaturalist. Gracias a esta colaboración fue posible reconstruir la compleja red de relaciones entre plantas y polinizadores de Quito, demostrando el enorme potencial de la ciencia participativa para generar conocimiento sobre la biodiversidad urbana.
Los polinizadores son indispensables para el funcionamiento de los ecosistemas y para la producción de numerosos alimentos. En las regiones tropicales, cerca del 94 % de las plantas con flores dependen, al menos en parte, de animales para reproducirse. Sin embargo, la pérdida de hábitat, la expansión urbana, las especies introducidas y el cambio climático amenazan cada vez más a estas comunidades.
Este estudio demuestra que conservar la biodiversidad no es una tarea exclusiva de las áreas protegidas. También puede comenzar en los barrios de nuestras ciudades. Cada parque, jardín, escuela o incluso un pequeño balcón con las plantas adecuadas puede convertirse en un refugio para las abejas nativas, esenciales para mantener vivas las flores, los árboles y los ecosistemas urbanos.
