La agricultura ocupa un lugar central en la
economía y la sociedad ecuatoriana. En 2025, la agricultura, silvicultura y pesca representaron aproximadamente el 9,7% del PIB, mientras que cerca del 32,5% del empleo correspondió al sector agrícola. Ecuador es además una importante potencia agroexportadora, con cadenas como banano, cacao, flores, camarón y otros productos que conectan directamente los territorios rurales con los mercados internacionales.
Esta importancia económica convive con una gran diversidad territorial: Costa, Sierra y Amazonía presentan sistemas productivos, condiciones ambientales y vulnerabilidades
diferentes.
El cambio climático añade nuevas presiones a este sistema. El aumento de las temperaturas, los cambios en los patrones de precipitación y una mayor frecuencia o intensidad de eventos extremos afectan los cultivos, la ganadería, los recursos hídricos y la infraestructura. En Ecuador, además, estas tendencias interactúan con El Niño, un fenómeno natural que históricamente ha tenido fuertes impactos sobre la agricultura y las zonas costeras.
El Niño no es causado por el cambio climático, pero actualmente ocurre sobre un planeta más cálido, lo que puede aumentar los riesgos asociados a temperaturas extremas, lluvias intensas y otros eventos climáticos.
La situación de 2026 muestra claramente esta creciente variabilidad. Entre mayo y julio,
condiciones secas en provincias productoras como Manabí, Los Ríos y Guayas afectaron la siembra y el desarrollo de cultivos de maíz y arroz.
Sin embargo, para el período de septiembre a diciembre, la FAO señala una alta probabilidad de precipitaciones superiores al promedio relacionadas con El Niño, incrementando el riesgo de inundaciones y desbordamientos de ríos en importantes zonas agrícolas de la Costa. La producción nacional de maíz y arroz para 2026 se proyecta por debajo del promedio.
Ecuador conoce bien las consecuencias que puede tener un evento de esta magnitud.
Durante El Niño de 1997-1998, el país sufrió daños estimados en alrededor de USD 2.900 millones. Pero el impacto de un choque climático no termina en la parcela.
Una inundación puede destruir un cultivo, pero también una carretera, un puente o un
sistema de almacenamiento. Las pérdidas de producción reducen los ingresos de los
agricultores y su capacidad de invertir en la próxima cosecha; las interrupciones
logísticas afectan el abastecimiento y los precios. De esta manera, un riesgo climático
se convierte rápidamente en un riesgo para todo el sistema agroalimentario.
La pregunta, entonces, no puede limitarse a cómo proteger un cultivo frente al próximo
evento de El Niño. Tenemos que preguntarnos si el propio sistema agroalimentario lo necesita transformarse. Aquí resulta útil la teoría de transiciones. Desde esta perspectiva, muchos sistemas agrícolas modernos se han construido alrededor de una lógica de productividad, eficiencia, especialización, escala y crecimiento.
Este modelo permitió importantes avances productivos, pero también ha generado presiones sobre suelos, agua, biodiversidad y clima. Cuando estas presiones aumentan, mejorar
marginalmente el sistema existente puede dejar de ser suficiente.
Por ello es importante distinguir entre resistir, adaptar y transformar. Resistir significa proteger el sistema existente frente al próximo choque: construir drenajes, proteger
infraestructura o contratar seguros.
Adaptar implica modificar variedades, sistemas deriego, prácticas de manejo o calendarios de siembra para funcionar bajo nuevas condiciones. Transformar va más allá: significa modificar tecnologías, sistemas productivos, cadenas de valor, formas de financiamiento, mercados, instituciones e incentivos. Una transición no ocurre automáticamente porque exista una crisis.
Requiere alternativas viables, experimentación, aprendizaje, coordinación entre actores
y capacidad para llevar las innovaciones a escala.
Ecuador ya ofrece experiencias interesantes en esta dirección. PROAmazonía, implementado conjuntamente por las autoridades ambientales y agrícolas con apoyo del PNUD, muestra cómo una transición puede combinar producción, conservación y desarrollo territorial.
El programa no se concentró únicamente en introducir una práctica agrícola. Trabajó con cadenas como cacao, café, palma y ganadería, incorporando capacitación, planificación territorial, conservación forestal, certificación, trazabilidad y acceso a mercados. Al cierre de su primera fase, más de 93.000 hectáreas habían iniciado una transición hacia sistemas de producción sostenible y se reportaban importantes áreas de bosque bajo conservación y restauración.
Este ejemplo es importante porque demuestra que la transformación requiere actuar
simultáneamente en diferentes partes del sistema. Las prácticas de los productores son
importantes, pero también lo son las instituciones, los mercados, el financiamiento, la información y la relación entre agricultura y conservación. En la Amazonía ecuatoriana,
los sistemas agroforestales de cacao y café permiten además conectar producción con
biodiversidad, conocimientos de comunidades locales y acceso a mercados diferenciados.
Esta lógica continúa desarrollándose. En 2026, el Gobierno de Ecuador, la FAO y la Circular Bioeconomy Alliance iniciaron un estudio para explorar la creación de Living Labs o laboratorios vivientes de cacao regenerativo en la Amazonía.
La propuesta parte del trabajo directo con productores, especialmente comunidades kichwa, organizaciones cacaoteras, gobiernos locales y academia para probar y desarrollar modelos productivos sostenibles en condiciones reales.
Este tipo de espacios refleja precisamente el papel que puede desempeñar la investigación aplicada en una
transición: experimentar, medir resultados, aprender y posteriormente escalar las
soluciones que funcionan.
Aquí cambia también la función de la investigación agrícola. Ya no basta con preguntar“¿qué tecnología aumenta el rendimiento?”.
Necesitamos saber qué prácticas agrícolas
sostenibles funcionan, en qué territorios y en qué condiciones; por qué algunos productores las adoptan mientras otros no; qué incentivos económicos necesitan; cómo afectan los mercados y las instituciones; y cómo las innovaciones exitosas pueden pasar de unas pocas fincas a territorios y cadenas de valor completas. Esto requiere integrar agronomía, clima, economía, comportamiento, mercados, instituciones y
políticas públicas.
Precisamente esta es la visión del Doctorado en Sistemas Agroalimentarios Sostenibles de Zamorano. Con un enfoque latinoamericano, el programa busca formar profesionales capaces de analizar los sistemas agroalimentarios de manera integral y desarrollar investigación aplicada sobre prácticas agrícolas sostenibles y procesos de transformación.
Los estudiantes trabajarán sobre problemas reales de la región, e⁴⁴valuando innovaciones, comprendiendo las condiciones que favorecen su adopción y generando evidencia que contribuya a su escalamiento.
El doctorado reúne profesores y especialistas vinculados a la Universidad Zamorano, el
Centro Internacional de la Papa (Perú), el Centro Internacional de Mejoramiento de
Maíz y Trigo (México) y la Alianza Bioversity International–CIAT (Colombia), conectando a los estudiantes con redes de investigación experiencias de distintos países de América Latina.
El programa cuenta además con oportunidades de beca, facilitando la participación de profesionales de Ecuador y otros países de la región.
Frente al cambio climático y eventos como El Niño, el reto para Ecuador no es solamente recuperarse después de cada crisis. Necesitamos generar conocimiento⅚experimentar con nuevas alternativas y formar científicos capaces de conectar investigación, productores, empresas, territorios y políticas públicas. El propósito delby doctorado es contribuir a formar esa nueva generación de agentes de transformación y generar la evidencia necesaria para construir sistemasa groalimentarios más
sostenibles, resilientes e inclusivos en América Latina.
