«​Cada 22 de julio, la comunidad internacional conmemora el Día Mundial del Cerebro, una fecha dedicada a exaltar la importancia del órgano más extraordinario y complejo del cuerpo humano: centro del pensamiento, la memoria, las emociones, la creatividad y la conciencia.

Esta efeméride fue impulsada por la Federación Mundial de Neurología con el propósito de sensibilizar a la sociedad sobre la prevención, el diagnóstico oportuno y el tratamiento de las enfermedades neurológicas, así como promover hábitos de vida que favorezcan la salud cerebral desde la infancia hasta la vejez.
​El cerebro, con sus miles de millones de neuronas y su prodigiosa red de conexiones, constituye el fundamento de la inteligencia humana y el motor de cada acción, idea y sentimiento.»

Gracias a su extraordinaria capacidad de adaptación —conocida como neuroplasticidad—, es capaz de aprender, reorganizarse y recuperarse frente a múltiples desafíos, recordándonos que el conocimiento y el cuidado son aliados inseparables del bienestar.

​Desde una perspectiva biológica, la evolución del cerebro humano representa uno de los fenómenos más fascinantes de la naturaleza.

En aproximadamente seis millones de años, la capacidad craneal de nuestros ancestros se triplicó, pasando de unos 350-400 cm3 en los primeros homínidos (similar a la de los chimpancés actuales) a un promedio de 1350-1400 cm3 en el Homo sapiens.

​Sin embargo, a diferencia de otros primates y mamíferos, el ser humano no nace con un cerebro completamente desarrollado.

Al nacer, el cerebro del bebé alcanza apenas un 25 % del tamaño que tendrá en la adultez; hacia los dos años llega al 80 %, pero su desarrollo estructural y funcional culmina cerca de los 25 a 30 años, especialmente en la región frontal.

​Para comprender el impacto de las afecciones que lo vulneran, neurólogos y epidemiólogos clasifican los trastornos cerebrales en cuatro grandes categorías:
​Enfermedades neurodegenerativas, cerebrovasculares (ictus o accidentes cerebrovasculares), trastornos del neurodesarrollo y genéticos y paroxísticos, inflamatorios y traumáticos.

​El abordaje de estas y otras manifestaciones de la mente requiere un trabajo multidisciplinario donde destacan la psicología y la psiquiatría. El psicólogo, formado en las ciencias de la conducta, evalúa y aborda los conflictos mediante herramientas cognitivas y emocionales a través de la psicoterapia.

Por su parte, el psiquiatra, como médico especialista, aborda la mente desde una perspectiva biológica y neuroquímica, siendo el profesional facultado para prescribir tratamiento farmacológico.

Ambos enfoques resultan indispensables para atender problemas cotidianos como el estrés, del cual el cerebro es el órgano director: él lo percibe, lo desencadena y sufre sus consecuencias cuando se torna crónico.
​Conmemorar esta fecha trasciende lo clínico; implica reconocer que preservar la salud cerebral es proteger la esencia misma de nuestra humanidad.

Cada acción orientada a su cuidado constituye una inversión directa en la calidad de vida, la autonomía y el futuro individual y colectivo.

Cuidar el cerebro es, en última instancia, cuidar la memoria del pasado, la inteligencia del presente y la esperanza del futuro.

​Antoine de Saint-Exupéry señalaba que «solo se ve bien con el corazón; lo esencial es invisible a los ojos», mientras que una sentencia anónima nos recuerda que «a veces, lavándonos las manos, nos ensuciamos la conciencia».

El ser humano es producto de una constante evolución de milenios y su desarrollo cerebral se mantiene en un palpitar continuo; sin embargo, a mi modesto entender, ese desarrollo obedece siempre al pálpito más trascendente: el del corazón y la conciencia.

​¡Feliz Día del Cerebro, hoy y siempre!

​Dr. Walter Enríquez Vásquez

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