A don Cecilio Yungán lo conozco desde hace unos 50 años. Cuanto yo era niño, todos los fines de semana pasaba por mi casa, empujando su carreta blanca de madera, en la cual cargaba la deliciosa golosina conocida como ponche.
Actualmente, él tiene 80 años y parecería haber logrado congelar el tiempo en su rostro.
La semana pasada le pregunté el secreto de su buen humor, su buen estado físico y su fisonomía tersa, como si fuera una persona de menos edad; pegó una risotada y dijo que seguramente es porque antes, cuando era niño, en su tierra natal, Riobamba, comía bastante machica, tostado, chulpi, colada de maíz, colaba de haba…
Al margen de la buena alimentación, la buena salud de los trabajadores de la tradicional Asociación de Poncheros Magolita (fundada en 1967 en Quito) -según algunos especialistas consultados-, se debería a dos factores relacionadas con la actividad física: diariamente recorren entre 12 y 15 kilómetros a pie, y lo hacen levantando el peso del carrito (de unas 50 libras) en forma permanente para movilizarlo.
Hace poco el reconocido médico ecuatoriano en ciencias del deporte, José Reinhart publicó en su muro de Facebook un video sobre la importancia del trabajo de fuerza en las personas adultas y de la tercera edad. Además, escribió: “Mensaje para mis amigos que ya superan los 60 años, el entrenamiento de la fuerza evita la pérdida de la fuerza muscular o ayuda a recuperarla”.
Después de jubilarse como maestro de la construcción, a principios de los 90, Cecilio Yungán se dedicó de lleno a la venta del ponche; de lunes a domingo. Antes, lo hacía solo los fines de semana.
A las 07:00 llena los tanques de ingredientes para el ponche, se pone un mandil blanco y una gorrita tipo marinero también blanco, y sale de su casa, en Atucucho, nororiente de Quito, en busca de sus clientes y amigos.
Su periplo regular es el siguiente: Parque Sodiro, Obelisco de Cotocollao, Ciudadela Rumiñahui, Comité del Pueblo, Parque del Recuerdo, La Ofelia, Plaza de Cotocollao, Condado Shoping, San José del Condado y, finalmente, cuando el reloj marca sobre las 16:00, llega a la Plaza de Cotocollao.
Con su típico buen humor dice: “Alguna vez una señora que tiene un restaurante en La Ofelia me aseguró que yo no envejecía porque tomaba diariamente ponche; la verdad, no se; pero yo no me siento viejo todavía; quizás después de unos 20 años…”. (POR SEGUNDO ESPINOZA). (I)